Cómo destruir Twitter en tres semanas

 Cómo destruir Twitter en tres semanas

Elon Musk pulveriza récords de todo tipo. Esta vez, sin embargo el mérito ha sido reducir a una velocidad de vértigo el valor de una compañía y la confianza de toda su plantilla en un espectáculo sin parangón.

Destruir 27.600 millones de dólares (26.700 millones de euros) de una empresa en una semana no es fácil. Es, para entendernos, el equivalente de pulverizar dos veces todo el valor bursátil de Telefónica y quedarse todavía con 3.000 millones de euros de calderilla. Pero eso es lo que ha logrado Elon Musk. El hombre más rico del mundo compró Twitter por 44.000 millones de dólares el 27 de octubre; ocho días después, el 4 de noviembre, la revista financiera Barron’s estimaba que el valor de la empresa era de 17.600 millones de dólares (17.000 millones de euros).

En ese periodo, la evolución de la plantilla de Twitter ha sido aún más catastrófica. La empresa tenía unos 7.500 empleados el 24 de octubre. Después, Musk echó a aproximadamente a la mitad. Los despidos dieron un elemento extra de publicidad negativa a la empresa, dado que muchos de los trabajadores se encontraron con que habían sido despedidos cuando no pudieron entrar en su correo electrónico.

En realidad, ésa es una manera relativamente frecuente de llevar a cabo despidos en masa en EEUU, especialmente en empresas de Silicon Valley. Pero Twitter tiene una diferencia: desde que la compró Musk, la imagen de la empresa se ha despeñado.

No solo se ha degradado la imagen Twitter. También la riqueza de Musk. Y la de sus demás empresas. Desde la compra, Tesla ha perdido 133.000 millones de dólares (más que lo que vale ninguna empresa española), hasta quedar en un valor de 569.000 millones de dólares. El fabricante de coches eléctricos ha visto cómo Berkshire Hathway, el conglomerado de Warren Buffett – al que uno de los socios de Musk, Peter Thiel, ha calificado de «abuelo psicópata» – le adelantaba en el ránking de las empresas más valiosas del mundo.

Y el patrimonio de Musk caía en 27.000 millones, de los 212.000 a los 185.000, según el índice de multimillonarios que elabora la agencia de noticias Bloomberg. De hecho, el dueño de Twitter está a solo 20.000 millones de dólares por delante del francés Bernard Arnault (el dueño de LVMH) en la lista de los más ricos del mundo. Cierto: 20.000 millones de ventaja es una monstruosidad. Pero el 27 de octubre, Musk iba 70.000 millones por delante.

Los más de 3.000 despidos de Twitter realizados por Musk apenas solo fueron una parte de la limpieza de la compañía. Apenas había terminado esa ronda de despidos, la empresa echó a la mayor parte de los 9.000 trabajadores contratados que no estaban en nómina, y Musk anunció el final del teletrabajo de toda la plantilla con carácter inmediato. Lo hizo, además, con un correo electrónico enviado a las dos de la madrugada, lo que, lógicamente, hacía imposible su cumplimiento para una gran parte de los trabajadores que no estaban en aquel momento en el área metropolitana de San Francisco, donde se encuentra la empresa o, simplemente, despierta.

Y, finalmente, el jueves, el dueño de la empresa envió a los supervivientes un ultimátum por email en el que les informaba de que deberían comprometerse a trabajar «largas jornadas de trabajo con gran intensidad» o, de lo contrario, serían despedidos con una indemnización de tres meses. El texto tenía forma de cuestionario, pero en él solo cabía responder en la casilla del ‘sí’. La respuesta de la mayor parte de los empleados fue no responder, con lo que se supone que se van a ir a la calle.

El resultado es que la sede de Twitter está cerrada, y no abrirá, como poco, hasta el lunes. La empresa está en el caos. Según algunas informaciones sin confirmar, solo 900 de los 7.500 trabajadores de la compañía siguen trabajando para ella. Es una cifra totalmente insuficiente para mantener las operaciones en curso de la empresa y, también, para mantener los sistemas de moderación de contenidos.

Musk ha convertido a Twitter en un caos, en el que las cuentas falsas proliferan, a veces afectando a empresas de la talla de la farmacéutica Elli Lilly, y en el que las grandes agencias de medios están recomendado a sus clientes que suspendan sus campañas publicitarias en la plataforma por el riesgo reputacional que supone una red llena de cuentas fraudulentas y los grupos extremistas. Entretanto, Musk actúa en Twitter como un adolescente, difundiendo bulos, atacando personalmente a líderes políticos, y culpando del desplome de los ingresos publicitarios a la mala situación de la economía y a grupos misteriosos y secretos que, dice, han lanzado una campaña en contra de la plataforma.

Cuando, un día antes de empezar a gestionar la empresa, Musk apareció a la entrada de Twitter con un lavabo, en una muestra más de su extraño sentido del humor, a nadie se le ocurrió pensar que era porque iba a tirar por el desagüe la red social favorita de lideres de opinión -periodistas, políticos, y personalidades de relevancia pública- en cuestión de días. Lo de irse por el desagüe no es cuestión de broma: Twitter podría suspender pagos en las próximas semanas tal y como el propio Musk ha reconocido. Construir cohetes o coches eléctricos es, así pues, una tarea mucho más difícil que gestionar una red social.

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